“Golpea su cabeza con una roca, o mátalo con un cuchillo, o atropéllalo con tu coche, o empújalo desde un lugar elevado, o asfíxialo, o envenénalo”. Así fue como, en septiembre de 2014, el portavoz oficial del Estado Islámico, Abu Mohamed Al-Adnani,ordenó a sus partidarios que ejecutaran a “todos los descreídos” occidentales. Pero añadió una curiosa apostilla: “Especialmente, los sucios y despreciables franceses”. Cuatro meses después, la redacción de Charlie Hebdo y un supermercado judío de París eran víctimas de ataques, a los que luego sucedieron la decapitación de un empresario en Lyon y el ataque frustrado en un tren de alta velocidad que viajaba de Ámsterdam a París, y ahora el atentado en cadena que ha sacudido de nuevo la capital francesa.
Políticos, historiadores y otros expertos coinciden en que existen razones que van más allá de lo puramente militar. “Se trata de un ataque a nuestros valores. No solo los de Francia, sino los de todos los países que comparten la fe en la democracia, la tolerancia y el valor del ser humano. Se trata de una embestida contra los valores de la Ilustración del siglo XVIII, contrarios a su visión totalitaria del mundo”, afirma el exministro socialista Jack Lang, que preside el Instituto del Mundo Árabe en París. “Atacan a todo Occidente, pero Francia es un país especialmente simbólico, no solo por nuestra firme participación militar en Siria, sino por ser el lugar de la Revolución de 1789 y del Siglo de las Luces”.

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